El botón de nácar, Patricio Guzmán y la memoria del agua

El botón de nácar de Patricio Guzmán

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¿Podría haber ocurrido esto en algún otro planeta?, se pregunta Patricio Guzmán en su documental El botón de Nácar.

El director chileno habla del genocidio de los indígenas de la Tierra del Fuego y del lanzamiento al mar de más de 1.000 represaliados por la dictadura de Augusto Pinochet.

Si hay agua en el espacio, quizá haya mares. ¿Habrá desaparecidos en ellos?

El océano es la mayor frontera de Chile, la que, junto a los Andes, convierte el país en una larguísima “isla” y le impide mirar a los ojos a su pasado.

El agua como término real e imaginado de una metáfora que permite construir innumerables imágenes. Sobre este hilo teje Guzmán su película.

Los fueguinos eran un pueblo de mar. Murieron cuando el hombre blanco cortó el cordón umbilical que los unía a él.
Y el mar, esperaba la dictadura, guardaría el secreto de sus atrocidades.

Si el agua tiene memoria, nos dice el director chileno, recordará bien ambas masacres. El botón de nácar abre la puerta a tantas rimas visuales como caben en la imaginación de Guzmán y acepta la historia de Chile.

En la sencillez de este recurso expresivo reside la belleza de la película y la potencia de su denuncia.
Sin efectos especiales ni dramatizaciones estridentes, enlazadas por la voz over, las imágenes cobran significados inesperados.

Guzmán habla despacio, con una cadencia prudente que no busca imponer su verdad al espectador, sino abrir la puerta a sus propias evocaciones.

Las bolas de piedra que tallaban los fueguinos son los planetas donde los astrónomos de Atacama buscan agua en el cosmos.

La Luna es un botón de nácar. Y su reflejo en el agua.

Por un botón de nácar, James Button vendió su identidad de indígena kawésqar. Viajó a Inglaterra a bordo del Beagle en 1931, estudió el inglés y vistió como un hombre blanco. Cuando volvió al sur de Chile la fractura entre él y su pueblo era insalvable. Regresaba de un viaje en el tiempo que lo había llevado de la Edad de Piedra a la Revolución Industrial.

Otro botón de nácar, o quizá el mismo, perteneció a una de las víctimas de Pinochet. Lo encontraron incrustado al óxido del raíl que le habían atado al cuerpo antes de arrojarla al mar. En la reconstrucción que hace Guzmán de los pasos previos a ese lanzamiento no cabe la poesía.

Han pasado más de 40 años desde La Batalla de Chile y Guzmán sigue buscando a los muertos, preguntándole al agua por las víctimas.

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