Los rincones de Valencia donde (aún) puedes encontrar a Vicente Blasco Ibáñez, su escritor más universal

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Blasco Ibáñez fue emigrante: viajó, vivió lejos y murió en tierra extraña. Y como emigrante, hijo de inmigrantes, conoció la nostalgia.

“Quiero descansar en el más modesto cementerio valenciano. Junto al Mare Nostrum que llenó de ideal mi espíritu, quiero que mi cuerpo se confunda con esta tierra de Valencia que es el amor de todos mis amores. He vivido fuera de Valencia, pero sintiendo siempre su nostalgia, recordándola siempre”, dijo. Y esas palabras le sirven hoy de epitafio.

Su tumba sencilla en el cementerio de Valencia puede ser un buen lugar para emprender un paseo por la Valencia de hoy a la búsqueda de uno de sus hijos más ilustres, nacido un 29 de enero de hace 150 años.

Y quizá la mejor manera de hacerlo sea, como siempre, con ojos de forastero, los mismos que Blasco buscó sin descanso en sus viajes. Los que también le permiten a uno ver mejor su propia casa.

De la tumba a la cuna, ubicada en la calle Jabonería Nueva número 8, ya desaparecida. En la esquina de las actuales Barón de Cárcer y Editor Manuel Aguilar una placa recuerda el lugar donde el padre de Blasco regentaba un ultramarinos.

La Valencia donde empezó todo…

En los alrededores del barrio del Mercado y en Velluters transcurrió la infancia del escritor: en la iglesia de los Santos Juanes, su bautismo, en las Escuelas Pías, el colegio, y en el Instituto Luis Vives, el bachiller. Entonces, esa era la Valencia de Arroz y tartana, hoy, la de las tiendas de souvenirs que amenazan con desbordar los límites del mercado.

Desde la capilla de Santa Bárbara voló la imaginación de Ulises Ferragut, protagonista de Mare Nostrum, a otros lugares. Constanza II de Hohenstaufen, emperatriz de Grecia, que reposa en la iglesia de San Juan del Hospital, tuvo la culpa de que el personaje quisiera convertirse en marino.

Muy cerca está la Universidad Literaria, donde Blasco Ibáñez estudió derecho para acabar siendo periodista, político, editor, novelista… Cualquier cosa menos abogado.

Si hemos de seguir en Valencia la huella de estas tres caras del novelista podemos empezar por el número 10 la calle Don Juan de Austria. Allí se editó el diario republicano El Pueblo, en el que Blasco invirtió su capital y su esfuerzo en 1894.

Al activista político lo buscamos en la prisión de San Gregorio. En este antiguo convento que ocupaba el lugar donde hoy se encuentra el Teatro Olympia pasó el escritor el invierno de 1896 debido a su oposición a la guerra en Cuba.

Y al político de partido, al diputado anticlerical y republicano, lo rastreamos en la calle Llibrers, junto a la Nau, que vio nacer su primer partido, Fusión Republicana.

No muy lejos encontramos al editor. En la Gran Vía Germanías, número 33, donde en 1914 se instaló la Editorial Prometeo: Blasco escribió el primer título de la casa, Los Argonautas, y fue su director literario.

Pero para compartir la mirada del novelista al Mediterráneo hay que salir del centro y, por la avenida Blasco Ibáñez, bajar al Cabañal, entrar en su casa de la Malvarrosa, salir a su balcón y observar, como hizo él, el horizonte.

Desde allí, Blasco Ibáñez contempló el mismo mar que lo vio morir en 1928 a cientos de kilómetros de Valencia, en Mentón, en el sur de Francia. Quizá ese paisaje -el único que a simple vista permanece intacto- lo hacía sentir menos extranjero.

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