Un viaje hasta el lugar (no tan lejano) donde Valencia termina de forma súbita

Valencia, Plan sur

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Valencia es una ciudad con dos ríos que no tiene río.

El Turia, padre de la urbe, no sabía que con la riada del 57 estaba, en diferido, llevando a cabo su propio suicidio.

La crecida dejó más de 80 muertos según el balance oficial y la necesidad de evitar futuros desbordamientos.

De ahí, de esa urgencia que dictan las catástrofes, nació el Plan Sur, el desvío fluvial que extirpó al Turia del corazón de la ciudad y lo convirtió en su nueva muralla, tres kilómetros más al sur de la antigua.

La obra faraónica –un cauce con capacidad para 5.000m3/s- condenó a l’Horta Sud: una periferia cercana que, más allá del inmenso lecho pedregoso, parece remota.

Casi 50 años después de su construcción, el Plan Sur sigue siendo una herida abierta en la ciudad: 12 km de piedras, matorrales y, solo a veces, agua. 12 km de vacío urbano. De río que no es río.

Un lugar sin dueño que preferimos no mirar, con la culpa de quien se avergüenza de un familiar cercano, cuando llegamos a Valencia desde el Sur.

Un lugar con vida

Pero el cauce nuevo tuvo, y mantiene a duras penas, brotes de vida.

Algunos, en los pueblos que quedaron al borde de su ribera artificial, jugaron a fútbol en el lecho y comieron la mona las tardes de Pascua.

Para llegar al centro del río había que sortear toda suerte de obstáculos: una autopista, las vías del tren, un talud que con algo de imaginación podía pasar por un tobogán larguísimo, un tramo de varios metros de piedras de escollera…

Los claros entre la maleza del nuevo cauce eran el único parque en una época en la que no había parques.

Otros convirtieron los taludes laterales en un altavoz de sus ideas, sentimientos y celebraciones. Los partidarios y detractores de la visita del Papa Benedicto XVI, los enamorados, los amigos de los novios y los amantes de las firmas en gran formato encontraron en el hormigón una hoja en blanco. Hoy la mayoría de esas pintadas son apenas un rastro.

Las vallas evitaron en gran medida el escaso uso público –y parte del riesgo que conllevaba- del río nuevo.
Hoy, por seguridad, no podemos recomendar saltar la barrera y bajar al cauce. Pero sí atravesarlo con tranquilidad, a pie, tomándose el tiempo necesario para caminar por uno de sus puentes y evaluar las dimensiones de su vacío.

Una opción es enfilar la Avenida del Cid hasta el puente de Xirivella y pasear, asediados por los coches, hasta el Plan Sur, el lugar donde la ciudad termina.

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