Cómo son las viviendas ideales que un día llenaron Valencia y hoy casi han desaparecido

Barraca Valencia

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Es la vivienda elemental. La que dibujaría un niño: un tejado a dos aguas con un ángulo agudo, dos paredes laterales y una fachada sencilla en la que solo destacan una puerta y una ventana.

La barraca valenciana, con su sencillez de formas, se aproxima misteriosamente a esa casa ideal.

Hubo un tiempo en que estas construcciones eran frecuentes en la huerta de Valencia, en la Albufera y en los poblados de pescadores como el Cabanyal.

En cada uno de estos lugares se adaptaban a los usos de sus moradores, fueran hortelanos o pescadores.
Hoy cuesta más encontrarlas y más aún en buen estado.

Las barracas tradicionales solían tener la planta rectangular, de unos 9 metros por 5, y estaban orientadas con la fachada principal mirando al sur.

Normalmente se abría una puerta tanto en la parte delantera como en la trasera, lo cual permitía una corriente que servía de aire acondicionado natural.

Por lo general, el pasillo central era utilizado como comedor, salón y cocina en los meses fríos -el resto del año se cocinaba fuera- y los dormitorios, en el lateral, solían ser dos.

Algunas construcciones contaban con una segunda planta en que hacía las veces de almacén y de criadero de gusanos de seda.

Y en la entrada, como en toda casa mediterránea, una parra daba su cosecha de uvas y sombra.

Valencia y más allá

Eran viviendas “kilómetro 0”. Todos los materiales que se utilizaban en su construcción se encontraban al alcance de la mano: el barro con el que se levantaba la tapia, los troncos que armaban la estructura del tejado, la paja y los juncos con que se cubría ese esqueleto.

Este apego a la tierra y sus formas básicas emparentan a las barracas con un sinfín de viviendas tradicionales de otros territorios, desde las pallozas gallegas a las thatched houses británicas pasando por las casas de los pescadores daneses y las chozas de algunos pueblos asiáticos y americanos.

En Valencia, la barraca ha llegado a convertirse en un icono, en un elemento más de la identidad valenciana. Las referencias en la literatura y en la cultura popular son incontables. Las más obvias quizá sean la novela de Vicente Blasco Ibáñez, la obra teatro de Escalante, el poema de Teodoro Llorente y una discoteca de Sueca.

Pero quien llegue en la actualidad a Valencia pensando que encontrará a sus habitantes viviendo en “alegres barraquetes valencianes que s’amaguen entre les flors” –parafraseando a Llorente-, se equivoca.

Las barracas hace décadas que dejaron de ser una construcción omnipresente en las calles de la ciudad y en sus huertas.

La mayoría fueron remplazadas por edificios más modernos, más cómodos y menos arraigados al entorno.
Sin embargo, si se buscan, aún es posible encontrarlas. Las hay en El Palmar, en Pinedo (una de ellas propiedad de un conocido restaurante), en lo que queda de huerta en La Punta, en el puerto de Catarroja y en varias poblaciones de L’Horta Nord como Alboraia, Cases de Barcena o Mahuella.

Ninguna –que sepamos- sigue funcionando como vivienda habitual, pero en algunos casos es posible visitarlas e imaginar cómo era la vida en ellas hace no tanto tiempo.

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