Riada del 57 en Valencia: los grandes cambios (y las pequeñas señales) que dejó la famosa riuà

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El 14 de octubre de 1957 el Turia quiso comerse a Valencia. El río mediterráneo, impredecible, que siempre llega al mar extenuado, casi seco porque las acequias le roban el agua, fue alimentado por días de lluvias y desbordó su cauce, el lecho de piedra que atraviesa la ciudad de parte a parte.

La gran riada del 57, la riuà, causó al menos 81 muertos y enormes daños materiales. No fue la única vez que el Turia desbordó su cauce habitual en la ciudad, pero sí la última.

Las riadas y crecidas del río eran un fenómeno relativamente común, al menos desde que se tiene registro a partir del siglo XIV.

Sin embargo, la del 57 tuvo consecuencias que transformaron la estructura de la ciudad para siempre.

Mientras que las partes más altas, como la Xerea y la Seu se libraron de las aguas, otras quedaron sumergidas. Se estima, por ejemplo, que en la calle Doctor Olóriz, el nivel alcanzó los 5 metros de altura, 2,25m en la plaza de Tetuán o 80cm en los Jardines del Real.

La sombra de aquella noche aún es posible encontrarla en algunos rincones de la ciudad donde se conservan señales que recuerdan el nivel que alcanzó la crecida con una simple marca o un escueto “hasta aquí llegó la riada”.

Frente a estas placas, uno puede imaginar el horror de estar bajo el agua en una panadería de la calle Roteros, en una peluquería de la calle Visitación, en una esquina de la plaza del Portal Nou.

Aún hoy nos cuesta reconocer las calles por las que caminamos a diario en las imágenes apocalípticas -puentes arruinados, calles inundadas, montones de barro y residuos- que dejaron las dos crecidas del Turia, la primera en plena noche y la segunda –más brutal- alrededor de las dos de la tarde de aquel lunes.

Valencia transformada

El río no se llevó la ciudad, que seguía allí cuando bajó el nivel de su cauce, pero la cambió radicalmente.

La faraónica obra del Plan Sur desvió el curso fluvial como medida de precaución y, quizá, de revancha contra el carácter variable del Turia.

El cauce nuevo pretendió blindar Valencia frente a futuras crecidas, y abrió una brecha –que a veces parece insalvable- entre la urbe y l’Horta Sud.

Y los jardines del Turia en el cauce viejo, que fue un lecho vacío durante casi 30 años y pudo llegar a convertirse en una autovía si el proyecto diseñado en los 70 se hubiera realizado, son hoy una de las señas de identidad de la ciudad.

De algún modo, Valencia dejó de ser ciudad de río para convertirse en ciudad de parque. Visto así, el Turia fue una víctima más de su propia riada.

Hoy, si no se tiene presente aquel 14 de octubre del 57 es fácil pasar por alto las consecuencias que tuvo la riuà para Valencia, incluso las más evidentes.

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