El misterioso rey que gobernó durante solo 100 años a la Valencia más lasciva

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¿Un rey nombrando a otro rey en sus propios territorios? Suena extraño pero así sucedió.

Durante cien años, en la ciudad de Valencia hubo un monarca muy particular y del que poco se sabe. Su nombre: el rey Arlot. Su reino: la mancebía de Valencia. Esa cuya fama parece que se extendió por toda Europa bajo el nombre de la “pobla de les fembres pecadrius”.

En el famoso Llibre del Repartiment, el libro de registro en el que se anotaba el reparto de tierras y casas (expropiadas a los musulmanes) que hizo el rey Jaume I tras conquistar Valencia, aparece como uno de los beneficiarios este Rex Arlotorum a quien se otorgó la casa de M Azaherí.

Los dominios del rey Arlot se extendían a unas pocas calles en las que se agrupaban las llamadas mujeres públicas o también “fembres pecadrius”, “fembres errades, “fembres que feien mal ses faenes” o “dones de cadira”, pues esperaban a su clientela sentadas en una silla y bajo un farolillo a la puerta de casa.

El que dicen era el burdel más lujoso de toda Europa ocupaba una gran parte del actual barrio del Carmen: entre la calle de Dalt, la calle Salvador Giner, Blanquerías, Guillem de Castro y calle de la Corona. Durante siglos atrajo a visitantes de todo el continente que además de satisfacer sus necesidades carnales también asistían a espectáculos de canto, baile, rifas y juegos de naipes o podían deleitar su paladar en las numerosas tabernas  y casas de comida.

Antonio de Lalain, consejero del rey Carlos I, tras su visita a la pobla de les fembres pecadrius escribió:

“En este sitio hay tres o cuatro calles llenas de pequeñas casas en cada una de las cuales hay muchachas muy ricamente vestidas de terciopelo y de seda, y habrá de doscientas a trescientas mujeres. Tienen sus casitas adornadas y provistas de buena ropa. (…)Están sentadas en sus entradas, con una hermosa lámpara colgada encima de ellas, para verlas con más facilidad. Hay dos médicos encargados y pagados por la ciudad para visitar todas las semanas a las mujeres, para saber si hay algunas enfermas, con pústulas u otras enfermedades secretas, para retirarlas de aquel lugar.”

LAS RESPONSABILIDADES DEL REY ARLOT

La autoridad máxima dentro de la pobla era el rey Arlot. De él dependían los hostalers, quienes alquilaban la casa a las mujeres para que ejercieran su profesión y les proveían de comida, ropa y asistencia si se ponían enfermas. El rey Arlot controlaba el horario de apertura y cierre de las puertas de la pobla, acompañaba a las mujeres públicas en las pocas ocasiones en las que se les permitía salir del burdel –por ejemplo, los días de fiesta para ir a la iglesia a oír la misa o asistir a alguna procesión- y daba parte al médico si alguna mujer estaba enferma.

Se han hayado muy pocas referencias sobre quienes, a lo largo de todo un siglo, ostentaron el cargo de monarca del burdel, pero se sabe que el último de todos ellos fue un tal Artaleto de Jérica quien en 1338 perdió su “trono” cuando el rey Pedro IV el Ceremonioso decidió abolir la figura del Rey Arlot argumentando que quienes ostentaban este cargo solían ampararse en él para cometer “actos desagradables a Dios y odiosos a los hombres: recibir dinero de las ganancias de las prostitutas; disponer de ellas en sus asuntos de lenocinio; empujar a quienes pecaban en secreto a hacerlo públicamente; recibir cobros en concepto de penas o entrometerse en actos perniciosos”.

La pobla de les fembres pecadrius continuó existiendo durante tres siglos más hasta su desaparición en el año 1677 por orden del rey Carlos II. Las últimas siete mujeres que resistieron en la mancebía fueron enviadas al Convento de San Gregorio (situado donde ahora se encuentra el Teatro Olympia) y la pobla fue derribada.

El recuerdo más evidente de aquella Valencia de la que el mismo Giacomo Casanova afirmó: “nunca he visto ni he vivido en una ciudad tan lasciva y hedonista como la Valencia de los Borgia”, lo encontraremos observando con detenimiento las gárgolas y algunas de las pequeñas esculturas que decoran la fachada de la Lonja de la Seda. Quién sabe si en alguna de ellas se esconde el mismo rey Arlot.

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