Mercado central de Valencia: 12 motivos por los que visitarlo, no una, sino tantas veces como puedas

tomates valencianos

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El Mercado Central no es un lugar al que haya que ir una vez en la vida. No es una de las casillas que hay que marcar con una cruz para convertirse en valenciano.

Si eres escocés, chino o de la Ribera, vas a pasar 99 semanas en Valencia y quieres llegar a fundirte con el entorno, integrarte en tu ciudad de adopción, deberías pasar por el mercado al menos una vez al día.

El Mercado Central -se ha dicho muchas veces, pero no importa- es donde aún late, respira y come la ciudad, su vientre.

Por una vez, sin más alboroto que el de los comerciantes ni más alardes que el de los productos del mar y la tierra, Valencia habla de tú a tú a ciudades de mayor envergadura.

Si somos lo que comemos, un mercado es a un pueblo lo que la nevera a una casa, o los zapatos a una persona. Una imagen exacta de nosotros mismos.

Sin salir del mercado se puede dibujar la imagen del país que lo rodea, imaginar cómo es la huerta que produce los tomates y las alcachofas, los pinares donde crecen los “rovellons”, el mar donde se pescan las gambas y las sardinas.

Y vemos también cómo, entre los puestos de salazones y verduras, se venden algas y productos bio y, no muy lejos de las anguilas y el embutido, se cuelan los recuerdos hechos en china para turistas, más interesados en beberse un batido y tomar una foto de la cúpula central que en llenar el capazo de la compra.

El mercado es un retrato vivo que refleja los cambios sutiles –o no tanto- de nuestro carácter.

Podemos negociar a la baja la exigencia de visitar cotidianamente el mercado, pero deberíamos acercarnos a él, al menos, una vez al mes. Como si de una peregrinación de obligado cumplimiento se tratara.

Más razones para volver al mercado

Y para que no haya excusa, proponemos un calendario de 12 citas imprescindibles para acudir sin falta al mercado, al menos, una vez cada mes del año.

Hemos elegido un producto por cada visita. Pero caben muchos más. ¿Os animáis a ampliar la lista?

Enero: si ya compraste en meses anteriores. Aquí una buena excusa para volver: las naranjas, en enero, alcanzan su esplendor.

Febrero: las alcachofas, y si son de Benicarló, aún mejor, son la mejor elección en el mes de febrero. Las podemos cocinar al horno, en tempura, incluso añadirlas a la paella.

Marzo: justo antes de la mascletà, se puede buscar un oasis de calma en el mercado y, de paso, probar las primeras fresas de la temporada.

Abril: la evolución perfecta del salchichón, el chorizo y otros miembros de la misma especie, la longaniza de Pascua es quizá el único embutido que se puede comer mientras caminas, juegas o te vas de excursión. Quizá por eso es perfecta para comerse la mona.

Mayo: como las naranjas, la “clòtxina” se puede comprar una y otra vez entre mayo y agosto. Pero mejor no dormirse en los laureles y empezar pronto. Siempre se puede repetir.

Junio: es el mes de la vuelta al cole de las frutas. Las cerezas son unas de las primeras en llegar a clase.

Julio: ya lo dijimos anteriormente. Quizá, solo quizá, el mejor tomate del mundo es el valenciano. Y, como su propio nombre indica, no hay irse muy lejos para encontrarlo.

Agosto: Las sandías, a ser posible de l’Horta, pueden ser el mejor de los helados.

Septiembre: En septiembre, unos vendimian para que otros se coman la uva.

Y en octubre: quienes no salen de Valencia se tienen que conformar con comprar “rovellons” en lugar de disfrutar buscándolos y recogiéndolos en el monte.

Noviembre: las mejores manzanas se crían en las huertas del Turia, pero a más de 100km de Valencia: en el Rincón de Ademuz. Y si son esperiegas, noviembre es el mejor mes para hincarles el diente.

Diciembre: cada uno que compre lo que quiera en diciembre. Nosotros comeremos turrón.

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