Un recorrido incómodo por Valencia para descubrir sus tesoros de más altura

cupula mercado central

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Una calle cualquiera de una ciudad. Pongamos Valencia. Si uno se sienta un momento a observar lo que observa la gente que pasa, podrá comprobar que una mayoría camina, muy probablemente, mirando hacia el suelo, o a su teléfono móvil. Otros, al frente, muy dignos, o quizás con interés al acompañante que va justo al lado dando conversación.

Así, una parte de la ciudad suele pasarnos desapercibida, la que nos queda arriba. La de las azoteas, los miramares, las copas de los árboles, las cornisas, las veletas, los azulejos, los balcones…

¿Por qué no practicar el ejercicio arriesgado de recorrer nuestra ciudad mirando a lo alto? Valencia guarda tesoros allí arriba que no nos podemos perder.

Si hay que iniciar en algún lado el recorrido, podemos hacerlo en medio del Mercado Central. En este lugar especial, tan lleno de colores y olores, tan lleno de gente, es una experiencia casi mística plantarse en el centro y mirar a lo alto, a esos círculos concéntricos de la cúpula. Observando su geometría perfecta hecha de hierro, cerámica y vidrio uno puede llegar a abstraerse de todo el bullicio del mercado y, ya en ese estado y sin bajar la cabeza, salir en dirección a la Lonja, no sin detener la mirada en las veletas que nos saludan desde lo alto: la Cotorra del Mercat, el Pez Espada y el Pardal de Sant Joan.

La Lonja de la Seda esconde en sus paredes curiosas y divertidas esculturas que bien merecen una única visita. Con la mirada en lo alto, descubriremos monstruosas gárgolas que nos desafían con una actitud provocadora, incluso obscena. Y ya dentro, podremos maravillarnos con las esbeltas columnas y la bóveda de la Sala de Contratación que tan bellamente edificó Pere Compte. Incluso, agudizando la vista (y el latín) podremos llegar a leer: “Casa famosa soy en quince años edificada. Probad y ved cuan bueno es el comercio que no usa fraude en la palabra, que jura al prójimo y no falta, que no da su dinero con usura. El mercader que vive de este modo rebosará de riquezas y gozará, por último, de la vida eterna”.

Y ya que hemos entrado en temática religiosa, podemos continuar nuestro paseo por algunos de los templos de la ciudad. En lo alto también, y visibles desde no hace tantos años, encontraremos a los doce ángeles músicos de la cúpula de la Catedral. El colorido de estos frescos renacentistas, encargo del Papa Alejandro VI, es una de las mejores joyas que guarda la ciudad. Aunque, en cuestión de frescos, últimamente los ángeles rivalizan con la que se ha querido llamar “la Capilla Sixtina de Valencia”, la Iglesia de San Nicolás. Sin necesidad de retóricas marketinianas, la visión de 1.900 metros cuadrados de pinturas es abrumadora, tanto que es difícil, entre tanta imagen, individualizar alguna de las escenas de la vida de San Nicolás de Bari y San Pedro Mártir.

Si nuestra mente ha quedado saturada y necesita de un poco de calma, podemos callejear sin rumbo por la ciudad vieja mientras, siempre cabeza en alto, nos dedicamos a admirar la cerámica que, con sus motivos sencillos, decora la parte inferior de los balcones; la enorme cúpula azul de las Escuelas Pías o los miramares que aún se levantan en alguna azotea. Y así, sin darnos cuenta, de balcón en balcón, salir al cauce del río viejo y poner rumbo a El Cabanyal. También allí vale la pena caminar sin mirar al suelo.

HACIA EL CABANYAL MIRANDO A LO ALTO

A mitad del recorrido puede que –sin buscarlo- entre en nuestro campo de visión un altísimo mástil blanco del que parten en diagonal, 29 cables blancos. Esta arpa gigante es el puente de l’Assut de l’Or. Estamos en Valencia, y ni siquiera mirando con la cabeza bien alta, dejamos de tropezarnos con Santiago Calatrava.

Llegados al Cabanyal, encontraremos las modestas casas de pescadores que quisieron engalanarse de modernismo con azulejos de colores. En lo alto, un amplio repertorio de motivos florales y geométricos, musas griegas, cabezas egipcias, cestas con guirnaldas y mosaicos o paneles con motivos marineros, como los bueyes sacando las barcas del mar.

Aquí, frente a la playa de la Malvarrosa, podremos contemplar en toda su inmensidad el principal tesoro que Valencia guarda en lo alto: su cielo azul y su luz.

Y cansados como estaremos tras tanta caminata nos veremos obligados a refrescarnos bebiéndonos un buen vino, eso sí, ¡tendrá que ser en porrón! 😉

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