Descubre los edificios más altos de Valencia y por qué el tamaño no siempre es lo más importante

Foto finca de hierro Valencia

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A finales de los 50, Valencia quiso ser Manhattan*. Debió de ser un sueño efímero, porque apenas se materializó en la construcción de un rascacielos solitario en pleno centro de la ciudad.

Pero son esos ejemplares únicos, despistados de su especie aunque sea por fuerza del azar, los que acaban convirtiéndose en iconos.

Quizá esa fue la suerte de la finca de Hierro, también llamada edificio Garcerán: que llegó a la ciudad para empequeñecer a toda construcción que hubiera crecido en ella desde hacía siglos.

Su edificación –la primera en la ciudad que empleó una estructura de hierro, de ahí su nombre- empezó en 1954, antes de la riada que asoló Valencia en octubre de 1957, y duró hasta 1962.

A partir de ese momento y durante 40 años, el edificio diseñado por los arquitectos Vicente Figuerola Benavent y Vicente Aliena Goiti fue el más alto de Valencia.

El gigante echó raíces en la esquina de la calle Xàtiva con la plaza de San Agustín.

Su peculiar estructura –una inmensa mole “preñada” de cuyo centro surge un añadido más esbelto- está compuesta de 22 pisos y tiene 85 metros de altura. Dentro hay 224 viviendas, un pasaje comercial y nueve patios de luces.

Los nuevos rascacielos…

Hasta los años 2000, cuando Valencia quiso ser Miami, la finca de Hierro y el Micalet –de 63 metros de altura y más de 600 años más antiguo- fueron los únicos “rascacielos” de la ciudad.

En 2002, la torre de Francia, junto a la Ciudad de las Artes y las Ciencias, con sus 35 pisos y 115 metros, le arrebató el récord de altura. Cuatro años más tarde, la torre Hilton, en la Avenida Cortes Valencianas, creció dos metros más hasta alcanzar los 117. Los récords se habían convertido en algo fugaz e inconsistente.

Sin embargo, aún hoy, si se quiere disfrutar de algunas de las mejores vistas de Valencia, hay que visitar la finca de Hierro: saludar al portero y subir a las alturas (mejor aún si se es invitado por uno de los vecinos).

Solo desde allí se pueden ver como hormigas los viajeros que acaban de llegar a la Estación del Norte, los coches que enfilan por la Calle San Vicente y los adolescentes que hacen gimnasia en el Instituto Luis Vives. Esta es la atalaya perfecta para contemplar desfiles y manifestaciones.

Ninguno de los rascacielos nuevos le hace sombra –literalmente- al centro de la ciudad. Ninguno de ellos queda intramurs, clavado como una gran estaca en el corazón viejo de la ciudad, o como un apéndice de ella que se eleva.

* La foto que acompaña a este texto está tomada del Flickr de Kiko León: https://www.flickr.com/photos/k_leon/with/17240928418/.

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