Cómo encontrar el oasis (casi) secreto de Valencia que no podrás ver desde sus calles

Casa Museo de José Benlliure, Valencia

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En las ciudades, como en los desiertos, los oasis son lugares escasos y necesarios.

Encontrarlos, muchas veces, no es fácil. Algunos están ocultos entre las dunas y las fachadas anodinas, como si quisieran mantener su condición de jardines secretos.

En Valencia, uno de esos manantiales excepcionales hay que buscarlo en la calle Blanqueries. No en el lado del río, ni a la altura de la calle que es territorio de políticos y gestores de derechos de la propiedad intelectual. Ninguna de estas dos especies abunda en los remansos de paz.

Un poco más arriba, donde la acera es más estrecha y los coches entran en el túnel, junto a una bombilla Philips de azulejos (una reliquia de la publicidad mural) hay un edificio discreto de fachada color vainilla.

A un lado de la puerta, señorial, si uno repara en ella, un cartel anuncia la casa museo del pintor José Benlliure.
Nacido en El Canyamelar en 1855, José fue uno de los miembros más ilustres de una familia ilustre, que incluyó a sus hermanos, el escultor Mariano Benlliure y el pintor Juan Antonio Benlliure, y a su hijo, el pintor Peppino Benlliure.

José compró este palacete burgués en 1896. Su hija, María Benlliure Ortiz, lo donó a la ciudad en 1957, 20 años después de la muerte del artista.

Con ese gesto hizo posible que los ciudadanos corrientes puedan pasearse por una casa burguesa del siglo XIX, un espacio que muchas veces les está vedado.

En la vivienda –reformada y, en gran medida, reconstruida- el visitante puede admirar obras del antiguo propietario, de su hijo y de pintores coetáneos amigos de la familia como Sorolla o Muñoz Degrain.

Huéspedes en una casa del siglo XIX

Al recorrer las estancias, el “invitado” a la casa del pintor siente que está accediendo a un lugar detenido en el tiempo, 100 años atrás, y perteneciente a una clase acomodada que pasaba sus días leyendo junto a la ventana, pintando y manteniendo tertulias distendidas con huéspedes interesantes.

Pero lo que hace de este lugar un oasis no son las obras de arte ni la oportunidad de atisbar un modo de vida lejos del alcance de la mayoría (aunque esto, sin duda, ayuda), sino el jardín y el estudio del pintor al fondo. Empecemos por el final.

El estudio del pintor – ubicado, como el jardín, en un terreno tomado de lo que antiguamente fue el huerto del convento del Carmen- es una especie de gabinete de curiosidades en el que se mezclan de forma abigarrada piezas arqueológicas, utensilios de pintura y objetos de todo tipo que el pintor coleccionó a lo largo de sus viajes.

Cada elemento invita a imaginar la peripecia extraordinaria que lo trajo a Valencia, y a pasar por alto que, seguramente, muchos de estos artilugios llegaron en una caja de mudanzas cuando José Benlliure y su familia regresaron de Italia.

Pero el oasis del pintor es su huerto de naranjos, limoneros y cipreses, que bien podría ser una extensión perdida en Valencia de los jardines de la Villa Borghese.

Esta evocación –tal vez más en la cabeza del visitante que del artista- fue, quizá, fruto de los años de Benlliure en Roma, donde estudió y trabajó como director de la Academia Española de Bellas Artes.

Hoy, el oasis de Blanqueries es un lugar ideal en el que sentarse a la sombra y no hacer nada.

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