Así es el tomate del que deberías enamorarte

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De carnes generosas, color rosado y piel brillante, catar su sabor dulce es perder la noción del espacio y el tiempo… Si te has de enamorar de una hortaliza, que sea del tomate valenciano.
Cuesta imaginar la cocina mediterránea antes de que el tomate descubriera Europa a finales del siglo XV o principios del XVI.

Pensemos en la ensalada, en el sofrito de la paella, la cubierta del arroz al horno, el gazpacho andaluz, la pizza napolitana, la mussaka, los espagueti a l’arrabiatta… Una cocina sin tomate es como una mascletà sin ruido.

Por suerte, el tomate se adaptó bien a las orillas de nuestro mar y encontró en Valencia un lugar propicio para crecer y multiplicarse. Tanto que, cinco siglos después, es más valenciano que Pep Gimeno el Botifarra.

Pero no todos los tomates nacidos en valencia son tomates valencianos, ojo. El auténtico es un producto de proximidad que estuvo a punto de sucumbir ante la invasión de variedades más resistentes que llenan los estantes de los supermercados, más perfectas a los ojos del consumidor y más sosas a su paladar.

El de El Perelló, que crece en los suelos arenosos y salados cercanos a la Albufera, es excelente, pero no es el único. También crecen en Alboraia, en Almàssera y en general en toda l’Horta de Valencia.
Los hay de diferentes tipos. Los llamados mascles, acabados en punta. Los femella, con un agujerito en la parte de abajo. Lo mejor es no discriminar y probarlos todos.

Como todo lo bueno, el tomate valenciano se hace esperar y es un producto de temporada. No deber saber de invernaderos ni cámaras, madura de mayo a octubre y cuanto menor sea el tiempo que medie entre su recogida y nuestro plato, mejor.

Comprarlos en uno de los pueblos donde los cultivan es una opción, pero en los mercados de Valencia los venden buenos y frescos.

Y sobre la mejor manera de comerlo, lo mejor es probar y probar… Pero es difícil superarlos con un poco de aceite de oliva y sal.

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