Descubrir por qué Sorolla es Valencia aunque muchas veces pintara otros mares

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(Casi) todo el mundo en Valencia conoce a Sorolla. Es el pintor de la luz, el que mejor supo transmitir las esencias del Mediterráneo, (casi) el único artista por el que los valencianos están dispuestos a pasar una noche entera haciendo cola a las puertas de su exposición…

Tanto hemos identificado a Joaquín Sorolla con Valencia, tanto se ha repetido aquello de que es el pintor que mejor supo retratarla, que nos hemos adueñado de cada barca, cada ola, cada playa, de las que pintó a lo largo de su vida; aunque en realidad las inmortalizara en Biarritz, Asturias, Xàbia o San Sebastián.

Joaquín Sorolla, como tantos otros, también decidió que la mejor manera de salir adelante en esa dura profesión del arte era marcharse de la tierra que le vio nacer. Te quiero, pero será mejor que me vaya.

Así que después de formarse en la Escuela de Bellas Artes de Valencia, partió hacia Roma, donde vivió una larga temporada. Durante esos años, realizó varios viajes a París. Hoy no eres nadie si no estás en Google, pero entonces, no eras nadie si no eras alguien en París.

Madrid, París, Roma…

Y fue allí, en la Exposición Universal de la capital francesa, donde Sorolla vio la luz. Una luz muy especial. La que utilizaban los pintores nórdicos en sus marinas.

Peder Severin Krøyer, Michael Ancher, Anders Zorn. Nombres que ahora ni nos suenan remotamente – la fiebre nórdica aún no les ha rozado – pero que le marcaron y le inspiraron.

Tenía el mar, un mar que había visto desde niño, y conocía una ciudad luminosa y brillante. Con esa materia prima, Sorolla sólo tenía que ponerse a trabajar.

O mejor dicho, poner su memoria a trabajar, porque el pintor, instalado en Madrid tras su estancia romana, ya sólo volvería a Valencia para pasar breves temporadas vacacionales. Eso sí, siempre junto al mar.

Como nos demuestran varias fotografías de la época, cuando volvía, Sorolla se iba a la playa, cargado con sus colores y pinceles, instalaba enormes caballetes bajo lonas que le protegían del sol y allí, pintaba al natural.

El puerto de Valencia, Pescadora con su hijo, El baño del caballo, Paseo a orillas del mar, Las velas, La bata rosa o La vuelta de la pesca son obras que sí realizó en Valencia. También La hora del baño y Después del baño, escenas pintadas en 1909 en la playa del Cabañal y que constituyen una de las cimas de su producción.

Los “otros” mares de Sorolla

Pero además de la Malvarrosa y el Cabañal, otros mares cautivaron a Sorolla. Él mismo decía, en una carta a su esposa Clotilde, que el paisaje de Xàbia era un sueño.

“Este es el sitio que soñé siempre, mar y montaña, pero ¡qué mar!”. Allí pintó El Balandrito o Nadadores.

En otras ocasiones se dirigía al norte, Asturias, Zarauz, Guetaria, Biarritz o San Sebastián, donde tenía una casa, Villa Sorolla, en la falda del Monte Igueldo.

También residió durante un tiempo en Pollensa, Mallorca. Siempre sitios junto al mar, al que debía echar de menos enormemente en su refugio de Madrid.

Sorolla pintó pues muchas playas, muchas olas, barcas, orillas, rocas, espuma de mar. Y parece que en todas ellas, siempre vemos Valencia, la luz única de Valencia. Será porque en el fondo, ese fue su primer mar y algo de él debió de ir dejando en el resto.

A pesar de que el San Pío V y el IVAM conservan algunos de sus cuadros, el Sorolla más emblemático, sigue residiendo en Madrid, y viniendo a Valencia, sólo de visita.

Cuando regrese, aunque sea por unos meses, seguro que volveremos a esperar en largas colas para observar, en sus mares, su capacidad para recrear ambientes cálidos y luminosos con pinceladas en las que predomina una amplia gama de azules.

Y sus blancos, esos blancos tan intensos que iluminan sus lienzos y que vistos de cerca se vuelven rosas, malvas, amarillos, verdes, grisaceos.

Luego, en Facebook, comentaremos de nuevo que Sorolla es Valencia, que nadie como él fue capaz de captar esa luz especial de nuestro mar.

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