El insólito periplo del Santo Grial de Valencia y la Última Cena que lo inmortalizó

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Alrededor del año 1560, el pintor valenciano Juan de Juanes dedicaba su tiempo a acabar la pintura que había de situarse en el retablo mayor de la Iglesia de San Esteban de Valencia: una Santa Cena inspirada en la que Leonardo Da Vinci pintó para Santa Maria delle Grazie de Milán.

En el centro del cuadro, justo delante de Jesús, el pintor que había de convertirse en uno de los más importantes del Renacimiento español, decidió plasmar un elemento fundamental en la escena y que Da Vinci no había incluido en la suya: el Santo Cáliz.

Para pintarlo, Juan de Juanes lo tenía fácil. Sólo tenía que acercarse a la Catedral de Valencia y copiarlo. Porque sí, el Santo Grial, después de un largo viaje de más de catorce siglos había acabado en Valencia.

La tradición cuenta que San Pedro llevó el cáliz a Roma. Dos siglos después, el papa Sixto II se lo entregó a San Lorenzo para que lo protegiera de la codicia del emperador Valeriano. San Lorenzo lo sacó de Roma, se lo hizo llegar a su familia de Huesca y el cáliz acabó escondido en el monasterio de San Juan de la Peña. Allí quedó olvidado.

Nada se sabe de esta reliquia hasta 1399, cuando aparece mencionada en un acta de donación de los monjes de San Juan de la Peña al rey Martín I de Aragón. Éste se llevó el Santo Cáliz a la capilla de su residencia en Zaragoza, el Palacio de la Aljafería. Otro rey, Alfonso el Magnánimo volvió a trasladar la reliquia, primero a Barcelona y luego al Palacio Real de Valencia.

La obsesión del rey Alfonso el Magnánimo por conquistar el reino de Nápoles le llevaría a iniciar largas y costosas campañas militares para las que solicitaba préstamos altísimos. Uno de estos préstamos, contraído con la jerarquía eclesiástica, el rey lo avaló con todas sus reliquias, incluido el Santo Cáliz. Incapaz de devolver el préstamo, en 1437, Alfonso el Magnánimo tuvo que entregar las reliquias a la Catedral de Valencia.

Allí se encontraba, pues, el cáliz cuando Juan de Janes quiso pintarlo. Consiguió reproducir en su tabla el color marrón oscuro del recipiente de ágata pulida, las vetas de colores que lo surcan al reflejar la luz; las asas y el pie de oro adornado con joyas y la copa de alabastro que se le añadieron en época medieval.

Si con el paso del tiempo la reliquia se hubiera perdido, hoy en día sabríamos de su aspecto gracias al retablo de la Santa Cena, pero el cáliz sobrevivió a una caída accidental que sufrió el Viernes Santo de 1744, salió indemne de la guerra de la independencia tras cuatro años de peregrinaje entre Alicante, Ibiza, Palma de Mallorca y Valencia y también de la Guerra Civil, gracias a una familia de Carlet que lo tuvo escondido hasta que acabó la contienda.

Desde entonces permanece en la que fuera el Aula Capitular de la Catedral de Valencia, custodiado por un bellísimo retablo de alabastro. En la capilla también le acompañan el fresco de la Adoración de los Reyes pintado por Nicolás Florentino y las cadenas que cerraban el puerto de Marsella y que, el mismo Alfonso el Magnánimo que había empeñado el Santo Cáliz, se trajo como botín.

· Lee más sobre la historia de las cadenas del puerto de Marsella

Puede que un escocés escéptico como tu, Andrew, se pregunte si esta es realmente la copa de la que Jesús bebió en la Última Cena. Análisis científicos la han datado entre el siglo IV a.c. y el I d.c. y han determinado su origen oriental, de algún lugar entre Egipto y Palestina. Pero eso quizás sea lo de menos.

Lo que sí sabemos seguro es que si nos acercamos a la Catedral de Valencia, podremos contemplar ese mismo cáliz que Juan de Juanes admiró cinco siglos antes. Solo por eso, bien vale una visita.

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