El escocés que nos retó a buscar 99 cosas que hacer en Valencia (además de subir al Micalet)

andrew

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Cuando nuestro amigo Andrew McGinty nos dijo que abandonaba su querido –y frío- Edimburgo para venir a vivir a nuestra amada –y soleada- Valencia nos alegramos mucho. Así podríamos comer porridge y beber whisky con él más a menudo.

Lo que no sabíamos es que su viaje nos iba a cambiar a todos. A nosotros, la forma en que miramos nuestra ciudad y a él, su modo de ser escocés a orillas del Mediterráneo.

Andrew venía con una petición de consecuencias impredecibles.

“Son dos años”, nos dijo en su característico inglés inentendible, “y en ese tiempo quiero convertirme en uno de vosotros. I want to be a proper Valencian, whatever it takes”.

What the fuck, Andrew. Are your crazy? You don’t really want to be a Valencian –aprovechamos para practicar la lengua de Sean Connery- ¿No ves las noticias? El anunciado fin de la civilización occidental ha empezado ya aquí. Se están dando casos de gente que prefiere decir que es de Cuenca antes que reconocer que es de Valencia. ¡De Cuenca, Andrew, prefieren ser de Cuenca!

Pero Andrew, conocido en Edimburgo por su candor de espíritu, insistió: “I’ve seen your father cooking paella on a Sunday morning and I want to be like him. Sólo os pido que me digáis 100 cosas que debo hacer para conseguirlo. Dedicaré una semana a cada una de ellas. Tengo 108 por delante.”

“Eso no encaja, ¿qué harás con las ocho que te sobran?”, buscamos una grieta que nos permitiera escapar de su plan.

“Las mudanzas”. No había resquicio para la duda. Andrew tenía su decisión tomada y nosotros éramos parte de ella: quería ser valenciano voluntario.

A partir de ese punto, como para intentar entender qué estaba pasando, la discusión derivó en un largo coloquio sobre los evidentes paralelismos entre Valencia y Escocia –tierras ambas de genios de la economía, célebres espías y hermosos trajes tradicionales- que concluyó con dos acuerdos.

Uno: que nunca organizaríamos un concierto de gaita y dolçaina para celebrar la hermandad de nuestros pueblos.

Y dos: ayudaríamos a Andrew en su inmersión en la valencianía centrándonos en actividades positivas y poco dolorosas para él, con lo que eso implica de reto y examen de conciencia para nosotros, habitantes de esta ciudad.

Este último acuerdo tuvo a su vez dos consecuencias: el nacimiento de 99 cosas que hacer en Valencia, además de subir al Micalet, y que Andrew se empezara a llamar Andreu y, en claro homenaje a San Vicente, obrara el milagro de convertirse en valenciano sin perder su acento escocés. En sólo dos años.

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