El rastro: hallazgos fascinantes en el "mercado de las pulgas" de Valencia

Rastro de Valencia

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El mercado de lo viejo, lo defectuoso, lo roto, responde -con consumo- a la sociedad de consumo, desafía a la lógica del usar y tirar y parece vivir más allá de las normas de la obsolescencia programada.

El mantra del reciclar, reutilizar y reducir podría haber sido el lema fundacional del rastro.

Los alrededores de Mestalla se convierten cada mañana de domingo en un bazar efímero con cerca de 500 comerciantes.

La rectitud y el orden trazado con tiralíneas de las calles del párking se ven desbordadas por el bullicio y el empuje caótico de objetos que vienen de otro tiempo, quizá no tan lejano, y que buscan otros dueños.

El rastro tiene algo de terapia psicoanalítica, como si al pasear entre sus puestos recorriéramos el inconsciente de la ciudad, exhibido impúdicamente sobre sábanas tendidas en el asfalto.

El paseante puede verse de repente frente a recuerdos preciosos que creía olvidados: un ejemplar de Dos meses en el país del arte de Blasco Ibáñez publicado por la editorial Prometeo en 1922, una colección de VHS, una navaja de acero de Sheffield y mango de hueso tallado o un timbre de recepción de hotel tan bien conservado que podría servir como elemento de atrezzo en una película de época o de decoración en un local de Russafa.

También se topa uno con objetos, no necesariamente preciosos, pero sí tremendamente útiles como una broca de la medida que necesitas para colgar el cuadro de caballos desbocados atravesando un río que acabas de comprar, un enchufe o una fregona de microfibras.

Y en la calle central afloran -casi sin avisar- memorias íntimas de desconocidos: el álbum fotográfico que contiene las imágenes de un capitán de buque mercante, su pasión por la maquinaria que mueve los barcos, por las grandes obras de ingeniería.

El marino anónimo -podríamos llamarle Ulises Ferragut- cruzó el canal de Panamá y el de Suez, tuvo hijos y nietos y entre viaje y viaje encontró tiempo para comer una paella en El Palmar.

Momentos precisos que componen la identidad compartida de una familia. También en venta.

El rastro es el escaparate que nos obliga a no olvidar que no sólo somos lo nuevo, perfecto e inmaculado.

Quizá por eso ha sido barrido hacia los márgenes de la ciudad.

De la Plaza del Mercado, donde estuvo durante décadas, a la de Nápoles y Sicilia en los 60, y de allí a la calle Quevedo en los 90.

En 1997 fue instalado en su ubicación actual, donde sigue ofreciendo una buena razón para madrugar un domingo –a quien madruga, el dios del rastro le ayuda- y acudir a Mestalla, aunque no haya fútbol.

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