¿Qué hace única a la empanadilla de Valencia?

Empanadilla Valencia

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Muchos de los grandes placeres de la vida no se planean. Surgen de forma imprevista, irrumpen en situaciones cotidianas –quizá siempre estuvieron presentes sin revelarse- y de repente, de un modo inexplicable, resulta imposible renunciar a ellos. En Valencia, esto sucede a menudo con las empanadillas.

Sales de casa como cualquier día. Puede ser por la mañana o por la tarde y el motivo del paseo no importa. No tienes hambre, o sí, esto tampoco es relevante.

Giras una esquina, doblas otra –no suelen ser más de dos- y súbitamente te ves arrastrado por los instintos, avivados por los aromas y la visión de las humildes maravillas expuestas en el escaparate.

Entras en el horno y, como si alguien tomara las decisiones por ti, compras una empanadilla de tomate y atún. Quizá la pides para llevar, pero antes de salir de la panadería ya te la estás comiendo.

Las empanadillas o la sorpresa cotidiana del prodigio sencillo. No tienen rancio abolengo ni necesitan ingredientes aristocráticos.

Su poder de atracción nace del buen uso de lo que se tiene al alcance de la mano: la harina, el agua, la sal, el aceite, el tomate, los pimientos, el atún, el huevo…

El placer inmenso que producen reside en la mezcla equilibrada de sabores familiares, en el recuerdo de las meriendas o almuerzos que precedieron a este, en descubrir en ellas variaciones mínimas que las hacen únicas…

Patrimonio de la Humanidad

Las empanadillas son como la rueda. La pregunta no es quién la inventó, sino cómo la usamos, qué caminos recorremos con ella.

Alguien, en algún lugar, hace muchos años, tomó masa y la rellenó de cosas ricas: carne, pescado, tomate, maíz o choclo, espinacas, cebolla…

Y es posible que ese alguien no fuera una única persona en un solo lugar, sino gentes diversas en sitios diferentes

¿Inventó la empanadilla un minero de Cornualles la noche de antes de marchar extraer carbón? ¿Un pescador gallego cuyos hijos emigraron a América y regaron el continente de tantas versiones de la empanada como ingredientes encontraron?

¿O ya las preparaban los cocineros aztecas e incas? ¿Quién les enseñó a los chinos y a los japoneses a hacer gyozas? ¿Y a los persas, árabes e indios a crear sus samosas?

¿Creó la empanadilla un panadero valenciano que se paseó por el mercado? ¿O un labrador de l’Horta que horneaba?

No importa mucho. Las empanadillas son cocina sin autor. Y la atracción irresistible que sentimos por ellas, valenciana y universal. No es pequeño el mérito.

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