El jardín donde Valencia se hace bosque mediterráneo (con permiso del río y Viveros)

Parque de Marxalenes, Valencia

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Hay un lugar donde Valencia -la urbana, no la de la Albufera y la huerta- huele a ribera, a pinar, a bosque mediterráneo. Un rincón en el que las calles tienen nombres de árboles.

El parque de Marxalenes no tiene rejas de forja vetusta ni palacetes señoriales. Tiene alquerías, talleres, una estación y una fábrica de aceites abandonada.

Si los parques son espacios donde la ciudad expone su intimidad y se define en ella, esta combinación refleja bien a este barrio obrero e inmigrante que en otro tiempo fue huerta.

Para llegar a Marxalenes no hay que salir de la ciudad, pero sí alejarse un poco de su centro, una sana costumbre para todo valenciano que quiera conocer la ciudad en la que vive, aunque sea de origen escocés como nuestro amigo Andrew.

En este recinto de 80.000 metros cuadrados, el paseante puede sentarse bajo un olivo, recorrer una pequeña avenida flanqueada por algarrobos, encinas, ginkos, chopos o almeces, pisar pinocha y oler a murta, espliego y sarga.

El parque, que se inauguró en 2001, reconstruye (con apenas unas pinceladas) ecosistemas y paisajes naturales valencianos. También tiene un humedal que rinde homenaje a los marjales que dieron nombre al barrio.

De su pasado agrícola sobreviven algunas alquerías restauradas para nuevos usos. La alquería Félix es un aula de la naturaleza. La de Barrintos conserva elementos del siglo XIV y de épocas posteriores: un viejo lagar, unas escaleras y un vestíbulo, algunos suelos originales. En la actualidad es la biblioteca pública Joanot Martorell, un lugar donde uno puede llegar a pensar que está leyendo en plena huerta.

Las huellas de fábricas y trenes

Fuera, la aceitera de Marxalenes proyecta su sombra ruinosa sobre el parque. Su chimenea de ladrillo, las ventanas ennegrecidas por el incendio que sufrió hace unos años y el tejado ausente son un síntoma de la (mala) suerte que corre a menudo el patrimonio industrial.

No siempre. La vieja estación de trenes de Marxalenes, de 1887, que alberga un centro ocupacional, muestra la otra cara de la misma moneda sin salir del parque. Hoy, en el hueco dejado por las vías se extiende la avenida central del jardín. Y al otro lado de esos raíles imaginarios, los antiguos garajes de FEVE son una cafetería luminosa en la que unos paneles informan sobre la historia del trenet y que alguien muy optimista quiso bautizar como museo del ferrocarril.

Buen ejemplo de lo inútiles que resultan las etiquetas grandilocuentes para nombrar las cosas sencillas. Marxalenes, quizá el menos aristocrático de los grandes parques de Valencia, no las necesita.

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