Cómo descubrir el encanto del mercado de Valencia que pudo rivalizar con el Central

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Se dice que para conocer la verdadera esencia de una ciudad hay que recorrer sus mercados. Los productos que allí se venden, los precios, la mezcla de olores y colores o las relaciones que se establecen entre los vendedores y sus clientes habituales, pueden transmitir mucho más a cerca de un lugar y sus habitantes que todas las guías del mundo. 

En Valencia quienes quieran palpar el barullo de un día de mercado tienen donde elegir. Desde el indispensable e imponente Mercado Central a los más pequeños y sencillos con los que cuenta cada barrio.

Y luego está el Mercado de Colón. Un mercado de barrio que bien podría haber rivalizado con el Central en cuanto a belleza y ubicación si no hubiera acabado por perder su alma de mercado. Ahora provoca en el visitante que llega en busca de esa esencia original una mezcla de sensaciones encontradas: su arquitectura impresiona pero al entrar uno se pregunta ¿dónde están los puestos, el ruido, el olor de productos frescos?

Las poquísimas paradas que se han mantenido, quedan ocultas en el semi-sótano y tras el concepto de mercado gourmet. El de Colón es ahora un gastro market (así, en inglés), que tiene más de gastro que de market. En su interior ya no hay puestos sino restaurantes, cafeterías, pubs… El apresurado ir y venir de la gente que transita un mercado se ha convertido en relajados paseos para observar su construcción y el bullicio, en serenas conversaciones de sobremesa.

Está claro que el Mercado de Colón, de aquello que fue a principios del siglo XX, cuando se construyó para abastecer de productos frescos al recién creado barrio del Eixample, no conserva más que su estructura. Y es precisamente ésta la que hace que su visita merezca la pena.

LOS PRODUCTOS DE MERCADO SOBREVIVEN EN LA CERÁMICA

Su arquitecto, Francisco Mora, reflejó en el edificio el influjo del modernismo catalán que aprendió de Doménech i Montaner o Puig i Cadafalch. Mediante el uso de ladrillo rojo, hierro y vidrio creó una elegante construcción de tres naves abierta en los laterales y con una gran claraboya superior. En sus dos portadas sorprende la profusión de ornamentos cerámicos, mosaicos y trencadís. Es justo allí donde el visitante deberá detener su mirada para encontrar aquello que ya no hallará en su interior: bajo el escudo de la ciudad, una cesta desbordada de frutas y verduras de todo tipo; en el interior de los arcos, cangrejos y vieiras; en los laterales, faisanes, gallos, pavos, conejos; más arriba, unos patos y la cabeza de una vaca.

La belleza de los detalles en la cerámica y las vidrieras no deja de sorprender y con cada visita se descubren nuevos elementos que anteriormente nos pasaron desapercibidos.

Una vez dentro, la estructura de hierro forjado pinta de un color verde turquesa todo el espacio, diáfano y luminoso.

En la parte que da a la calle Jorge Juan, se aprecia una galería elevada, donde una vez se ubicaba la tenencia de alcaldía y que donde ahora hay otro restaurante.

La fachada de la calle Conde Salvatierra llama la atención por la gran cristalera en forma de arco elíptico y por los dos puestos de venta, de techos ondulados y elegantes marquesinas a los pies de las columnas que le dan un aire todavía más romántico al edificio.

Está claro que el centenario Mercado de Colón rejuveneció y recupero su esplendor con la rehabilitación, a finales de los años 90, pero en ese proceso perdió esa autenticidad y vivacidad tan característica de los mercados. Quien quiera disfrutar de él hoy en día deberá recorrerlo buscando… otra cosa.

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