Las historias infinitas que nos cuenta el 'templo' más bello de Valencia

Gárgola de la Lonja de Valencia.

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El templo más hermoso de Valencia no es una iglesia, sino el que los mercaderes de la ciudad construyeron para más gloria de sí mismos y de su oficio, siguiendo la costumbre de otras ciudades de los territorios de la Corona de Aragón como Palma, Barcelona o Perpiñán.

“Probad y ved cuán bueno es el comercio que no usa fraude en la palabra, que jura al prójimo y no falta, que no da su dinero con usura. El mercader que vive de este modo rebosará de riquezas y gozará, por último, de la vida eterna”, se puede leer en latín en su interior. Una loa al dios comercio que bien podría adornar los muros de los rascacielos de los bancos y de las bolsas modernas.

La Lonja de la Seda, llamada así porque en 1482, cuando se empezó a construir, Valencia ya era un centro de comercio y producción de primer orden de ese tejido, es, como les suele suceder a las obras maestras de la arquitectura, más que un edificio.

No solo arquitectura

Su valor arquitectónico, reconocido como Patrimonio de la Humanidad por la Unesco en 1996, es indudable. Su imponente presencia –para construirla se tuvieron que derribar 15 casas- la convirtió en un símbolo del poder y la riqueza de la ciudad en su Siglo de Oro. Al mismo tiempo, sus espacios cumplieron a la perfección las funciones para las que fueron diseñados.

La algarabía de los mercaderes encontró un eco perfecto entre las columnas de altura casi celestial de la Sala de Contratación, los litigios, un escenario adecuado en la sobriedad del tribunal de comercio y las fiestas de la aristocracia, el lujo y el recogimiento necesarios en el Patio de los Naranjos.

Como la ciudad que la alberga, la Lonja también sufrió alteraciones –algunas de las cuales no mejoraron lo que había previamente- a lo largo de los siglos.

La torre, chata en el edificio original, fue modificada durante las obras de restauración entre 1897 y 1900, cuando el escultor José Aixá Iñigo y el arquitecto Antonio Ferrer aumentaron su altura y le añadieron almenas y gárgolas. La mano de Aixá también se ve en la virgen con niño que ocupa el tímpano de la portada principal.

Sexo, violencia y magia

Pero las piedras labradas siglos atrás por Pere Compte, el maestro picapedrero gerundense que asumió la obra junto al guipuzcoano Johan Yvarra, no solo son muros, cimientos, claves de arcos, escalones, almenas… Un sinfín de ellas conforma la mejor colección de escultura de la ciudad, un canto a los detalles en el que no hay espacio para la brocha gorda.

Sus 28 gárgolas, las jambas y tímpanos de sus arcos y sus muros muestran de manera cruda el sexo, la violencia, lo escatológico, cuerpos de animales imposibles, de humanos improbables. Bajo la excusa de exhibir vicios censurables, el cincel de los picapedreros se atrevió –quién sabe- a confesar sin tapujos los objetos de sus deseos.

Las piedras de la Lonja cuentan historias infinitas. Tantas como ojos las observan, como días pasamos ante ellas y las miramos una y otra vez como si fuera la primera.

¿Cuántas historias podrían contarse sobre el hombre barbudo de gesto adusto? ¿Quién era? ¿Qué nos quiere decir su presencia? ¿A dónde van los caracoles que trepan la jamba del arco de la puerta de la fachada posterior? Y las brujas, ¿qué rito representan? ¿Qué palabras grita –si son palabras- la mujer desnuda que señala sin decoro su vagina desde la cornisa?

Quizá el mejor consejo sea que cada uno busque sus respuestas e invente sus preguntas ante este edificio inacabable.

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