Jardines de Monforte: cómo entrar al rincón secreto más popular de Valencia

Jardín de Monforte en Valencia

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Entre el bullicio de la avenida Blasco Ibáñez, la solemnidad del parque de Viveros y la elegancia burguesa de la Alameda, Valencia guarda un jardín secreto.

Quizá sea un secreto a voces, pero a menudo olvidamos los Jardines de Monforte y cambiamos su intimidad y sosiego por espacios más abiertos y expuestos.

El que para muchos es el último jardín histórico del siglo XIX que queda en Valencia fue pensado por Juan Bautista Romero, Marqués de San Juan, como un lugar de recogimiento dedicado a su esposa, afectada por la muerte en 1845 de su hijo con sólo 20 años.

Romero, próspero comerciante sedero e industrial textil, compró el terreno a José Vich, barón de Llaurí, en 1849 y mandó construir el jardín y el palacete, de cuyo diseño se encargó el arquitecto Sebastián Monleón Estellés.

¿De Monforte o no de Monforte?

Tras la muerte del marqués, la propiedad pasó a manos de su esposa y ésta, al fallecer sin descendencia, se la dejó en herencia a su sobrina, Josefa Sancho Cortés, quien se casó con Joaquín Monforte Parrés. De él toma el nombre el jardín en la actualidad.

Sin embargo, este espacio íntimo es fruto de la voluntad del Marqués de San Juan. Detrás de sus muros hay estanques, surtidores y 33 esculturas de mármol, muchas de ellas de temática mitológica relacionada con la infancia.

Jardín de Monforte en Valencia

A los amantes de las estatuas -y de las curiosidades, Andrew McGinty- les gustará pararse ante los leones que custodian una de las entradas al jardín. Son obra del escultor José Bellver y estaban destinados a guardar el Congreso de los Diputados de Madrid, pero al parecer a los madrileños se les antojaron pequeños y poco fieros.

Juan Bautista Romero los compró y los trajo a Valencia. Debió pensar que pese a su aspecto inofensivo tenían suficiente solemnidad como para proteger su casa.

El jardín construido por el marqués estuvo dividido originalmente en tres zonas. Dos de ellas aún se conservan: el jardín formal frente a la casa, con cuidados setos dispuestos con perfección geométrica, y la recreación de un bosque, que cuenta con la ilustre presencia de un bello ejemplar de gingko. La tercera zona era un huerto, actualmente desaparecido.

En 1941 fue declarado Jardín Artístico Nacional y fue restaurado y en 1970 pasó a propiedad municipal.

Que haya llegado hasta nuestros días y aún conserve su particular atmósfera de retiro espiritual y estético es uno de esos milagros que rara vez ocurren en Valencia, una ciudad que a veces parece empeñada en devorar su propio patrimonio.

Otros lugares similares, como el Palacio y el jardín de Ripalda, que se encontraban justo al lado del de Monforte, corrieron peor suerte.

El remanso de paz que guardan las tapias del Jardín de Monforte es perfecto para sentarse junto a un estanque y leer poesía.

Una rareza de parque en el que no hay corredores que preparan maratones ni paseantes de élite y escasean los perros.

Aquí la única competencia es por guardar silencio.

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