El largo periplo que convirtió al Jardí Botànic en un oasis en el centro de Valencia

Jardí Botànic o Botánico de Valencia

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El espacio más verde y más frondoso de la universidad de Valencia no se encuentra ni en la avenida Blasco Ibáñez, ni en el Campus de Tarongers. Ese enorme vergel es el Jardín Botánico, tiene 50.000 m2 y se halla en pleno centro de la ciudad, en la calle Quart.

Su ubicación, completamente alejada de los lugares por donde discurren diariamente los universitarios valencianos, hace que la vinculación con esta institución de enseñanza pase más desapercibida, pero la realidad es que los orígenes del Jardín Botánico se remontan al huerto de “simples”, es decir, de plantas medicinales, que la universidad utilizaba para la enseñanza de la medicina en la segunda mitad del 1500.

Con el paso de los siglos, ese pequeño huerto fue creciendo y deambulando por distintos lugares de la ciudad. Estuvo a punto de arraigar en la Alameda, pero entonces los valencianos no querían que el estudio de la botánica les quitara un trocito de su paseo junto al río, así que en 1802 la Universidad de Valencia acabó comprando el Huerto de Tramoyeres (Hort de Tramoieres) de la calle Quart, junto a la acequia de Rovella, para facilitar su riego.

A partir del siglo XVIII, el estudio de la botánica empezó a cobrar importancia y a separarse de la medicina, las expediciones a otros continentes regresaron con nuevas y exóticas especies y el huerto de la Universidad se fue enriqueciendo cada vez más con árboles y plantas procedentes de todo el mundo, convirtiéndose así en todo un Jardín Botánico.

Aquellos árboles que se plantaron a principios del siglo XIX, ahora altísimos y centenarios, vivieron varias guerras, varias riadas, periodos de olvido, pero ahí siguen. En pie.

Valencia al fondo…

Hoy en día, entrar en el Botánico es olvidarse de la ciudad. Por eso, además de algunos turistas curiosos, paseando o descansando entre árboles, plantas y flores encontramos a lectores, estudiantes, parejas acarameladas, gente, en fin, que busca un poco de intimidad, un poco de paz.

Darse un paseo por el Botánico es descubrir. Por ejemplo, que hay caquis tan altos como un edificio de cuatro plantas, que los cactus bajitos y redondos se conocen también con el explícito (y malvado) nombre de asiento de suegra o que hay plantas que sobreviven con las raíces suspendidas en el aire.

Si alguien quiere que su visita tenga algo más de aventura y de morbo, buscará entre sus 4500 especies, las plantas venenosas y las carnívoras. Estas últimas se encuentran en un pequeño invernadero.

Son pequeñas plantas de forma tubular (como un jarro) o de bivalvo. Viéndolas uno adivina que la mayor carne a la que pueden aspirar es a la de un pequeño insecto, pero a pesar de su apariencia inofensiva -más de lo que los aventureros desearían-, no deja de causar cierta inquietud recorrer los estrechos pasillos, con los brazos pasando a escasos centímetros de las carnívoras.

Gatos, música y arte

Y no sólo de los amantes de la botánica vive este jardín.

Los fans de los gatos encontrarán aquí una nutrida colonia de felinos perezosos y bien alimentados.

Los políticos lo han elegido como emblema de una nueva época de pactos.

Quienes prefieren el arte y la arquitectura pueden admirar en medio del jardín dos elegantes construcciones en hierro forjado y vidrio propias de principios del siglo XX, el invernadero y el umbráculo, y también el moderno edificio que supo respetar y dar un lugar central a un inquilino de más de 70 años, un almez.

Entre las plantas, ahora asoman también esculturas de artistas valencianos como Andreu Alfaro y Carmen Calvo, entre otros muchos.

Y los melómanos, no deberían dejar pasar la ocasión de asistir a cualquiera de los conciertos que se celebran en el Jardín Botánico. La música, en este entorno mágico, se saborea también al natural.

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