Lo que Manet le debería a la mona de Pascua si hubiera nacido en Valencia

Mona Pascua, Valencia

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En Valencia, la mona, la longaniza y el vino de Pascua arrastran más fieles que la capucha del nazareno, el luto y el paso solemne de las procesiones de Semana Santa.

Los paisajes de interior, con sus austeras mesetas, son quizá más propicios a la penitencia y a creer que para poder disfrutar, primero, hay que padecer.

Aquí, la Fallas aligeran la Cuaresma y la Pasión y muerte de Cristo son casi un trámite inevitable para celebrar la resurrección, la llegada de la primavera o lo que haga falta. La cuestión es que se acabó el invierno y per la senda de les flors ja ve l’estiu.

Y mientras en otros lugares no tan lejanos la Pascua se festeja el domingo y el lunes, aquí se  alarga hasta el lunes siguiente, día de San Vicente Ferrer.

Nótese aquí que el dominico murió el 5 de abril de 1419, pero como ese día es habitual que caiga en plena Semana Santa, la tradición popular hizo que su festividad se celebrara una semana después.

De este modo, quizá sin pretenderlo, el predicador valenciano obró el milagro de alargar el jolgorio una semana más.

A la mona la hace el huevo

Así que no hay excusa para no mantener viva la costumbre de comerse la mona, es decir, lanzarse al campo a comer, beber, jugar, bailar…

Tradición abierta a la participación -no existen las cofradías ni los casals de comedores de monas- y fácil de venerar. Solo hay que cumplir algunas normas sencillas…

El atuendo debe ser cómodo sin llegar al extremo de ponerse chándal: comerse la mona no es un deporte.

Lo que no puede faltar son unas zapatillas pascueras nuevas. Pocas prendas así de simples –lona y suela de goma- son capaces de evocar tanta felicidad y de reflejar sutilmente –con un simple cambio de color- la personalidad de quien las lleva.

El menú también es básico, pero hay que cumplirlo: longaniza de Pascua y… mona.

Esta última se puede adquirir en Valencia o te la pueden traer de Alberic, capital mundial del género.

Para los amantes de lo diferente, recomendamos probar la mona de Ademuz o de Chelva, una variación salada rellena de lomo, costilla, longaniza y otras delicias de la orza.

Pero lo que hace mona a la mona es el huevo cocido, un elemento que debe acabar esclafado en la frente de alguno de los presentes.

Por último, el lugar y la compañía, decisiones cruciales para disfrutar de esta costumbre.

Si se tiene pueblo es un buen momento para pasar a saludar a esos amigos de toda la vida a quienes seguramente no volveremos a ver, como mínimo, hasta las fiestas del verano.

Otra opción –esta es la tuya, Andrew- es encontrar a alguien que no se haya ido de Valencia estos días, coger la bici y pedalear hasta la Devesa del Saler.

Allí, en un claro del bosque, sacarás la merienda, le darás un bocado a la longaniza y, mirarás alrededor en busca de una frente despistada.

En ese instante idílico entenderás el título de esta entrada del blog y comprenderás por qué si Edouard Manet hubiera sido valenciano, su famoso “Desayuno sobre la hierba” se llamaría “Una tarde de mona”.

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