Los conflictos que separaban a algunos de los enemigos íntimos más famosos de la historia de Valencia

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Hace tan solo unos años, cuando Valencia aún tenía una televisión pública llamada Canal 9, alcanzó gran popularidad una serie protagonizada por dos familias rivales, los Falcó y los Pedreguer. Los domingos por la noche, casi medio millón de valencianos los tenían reservados para disfrutar de las luchas de poder en La Alquería Blanca.

Pero los conflictos entre familias, lejos de ser cosa de ficción, protagonizaron en la ciudad de Valencia algunos percances, con peor o mejor final, que ya han pasado a formar parte de nuestra historia. Conocerlos es una “aventura histórica” que ningún escocés -chino, uruguayo o de donde sea- que quiera convertirse en valenciano puede perderse.

Un mural de cerámica en la Plaza de la Almoina muestra a San Vicente Ferrer tratando de imponer la paz entre los Vilaragut y los Centelles. No debió de ser tarea fácil porque estas dos familias nobles de la Valencia del 1400 estaban enfrentadas a muerte. Cada una contaba con sus aliados y sus partidarios. La familia rival era el enemigo a batir.

Tales eran los enfrentamientos, las venganzas personales y las luchas entre Centelles y Vilaraguts que el rey Martín I el Humano se vio obligado a vivir durante algún tiempo en Valencia en un intento de calmar las aguas.

Uno de los episodios más crueles lo protagonizaron Juan Pertusa, partidario de los Centelles, y Ramón Boil, gobernador de Valencia (el llamado Governador Vell), aliado de los Vilaragut. Cuando Juan Pertusa se enteró de que ambos –enemigos declarados- compartían amante, cegado por los celos y la rabia, lo mandó acuchillar en la calle Trinquete de Caballeros. Pertusa sería descubierto como instigador del crimen y mandado colgar.

EL NANO DEL CARRER D’EN LLOP

Otras pugnas entre familias mal avenidas tuvieron un mejor final y se resolvieron echando mano del sentido del humor o de la burla.

Este fue el caso de la enemistad nacida entre el Cónde de Rotova y el Marqués de Jura Real. Ambos poseían, hacia finales del siglo XVIII, un palacio cuya fachada recaía en la calle En Llop, junto a la actual plaza del Ayuntamiento.

La convivencia entre dichos vecinos se enturbió, según se dice, porque el conde de Rótova no pudo soportar que a su vecino de enfrente le concedieran el título de marqués de Jura Real en agradecimiento por asistir en Madrid a la jura del Príncipe de Asturias, el futuro rey Carlos IV. Un evento al que el mismo conde de Rótova también acudió sin por ello recibir ningún tipo de “regalo”.

No se le ocurrió mejor revancha al conde que mandar esculpir un gigante de piedra, de anchas espaldas, nalgas al desnudo y actitud provocadora y desafiante y colocarlo en la fachada de su palacio. De esta manera, su vecino, el recién nombrado Marqués de Jura Real, tuvo que verlo, día tras día, enseñándole el trasero y “burlándose” de él.

Los valencianos, siguiendo con la chanza, apodaron a esta enorme escultura, el Nano del carrer d’En Llop. Y quién sabe a partir de cuándo y porqué motivo, se empezó a difundir la leyenda (o la noticia) de que el Nano ayudaba a encontrar el amor verdadero. El curioso ritual para conseguirlo decía que los chicos tenían que quemar una cerilla en el trasero del Nano, hasta que se consumiera, hasta que les llegara a quemar los dedos. Ellas, al pasar por la calle, tenían que frotar las nalgas del gigante, justo sobre la mancha negra que dejaban las cerillas, ensuciándose las manos. Los noviazgos debían de surgir, más que por milagro del Nano, por la gran cantidad de jóvenes que allí se congregaban, bien quemando, bien acariciando, a la ya más que famosa escultura de piedra.

Cuando, unos dos siglos después, en 1923, los abandonados palacios del conde y del marqués fueron derribados para dar un nuevo urbanismo a la plaza, las rencillas de las que surgió el Nano ya no debían existir (¡o si!). Lo que es seguro es que éste seguía despertando tanto cariño entre los valencianos que se le salvó de la piqueta y recibió una multitudinaria despedida por todo lo alto, banda de música y discursos incluidos, antes de partir hacia el jardín de la casa que tenía en La Cañada su flamante comprador: Vicent Miquel Carceller, periodista y director de la revista satírica La Traca.

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