El colegio de Valencia que guarda algunas de las joyas más valiosas de la ciudad

Colegio del Patriarca, Valencia

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El reloj de sol marca la hora y desde el centro del claustro de columnas de mármol de Carrara, pensativo, Juan de Ribera, esculpido por Mariano Benlliure, contempla su obra.

Valencia, tan cerca, parece a siglos de distancia.

Entrar en el Real Seminario del Corpus Christi, el Colegio del Patriarca, tiene algo de acceso a un lugar apartado, remoto.

Construido entre 1586-1604 por el arzobispo de Valencia Juan de Ribera como un baluarte desde el que difundir las ideas de la contrarreforma salida del Concilio de Trento, más de cuatro siglos después, nueve seminaristas siguen residiendo entre los muros del colegio mayor más antiguo de la ciudad.

Ribera, nacido en Sevilla, era un hombre culto amante de las artes y creó una rica biblioteca. En una entrada anterior del blog hablamos de una de sus obras, De Tristia Christi (La Agonía de Cristo) de Tomás Moro, cuya peripecia desde Londres a Valencia daría por sí sola para una novela.

En esta ocasión nos acercamos a la colección artística del Colegio, a la fracción de ella que se expone en su museo, que ofrece un encuentro íntimo con algunos de los grandes nombres de la pintura.

Roña, traición y lágrimas

Una cercanía que solo se logra en museos pequeños en los que el visitante tiene la impresión de entrar en un espacio privado, como un invitado de excepción al que se le muestran los secretos mejor guardados de una casa.

Así, sin prisas ni multitudes, el huésped descubre las pinceladas sueltas que captan el movimiento repentino de la cabeza del buey de la Adoración de los pastores de El Greco.

La suciedad en los pies del hombre que intenta levantar la cruz en la Crucifixión de San Pedro se vuelve casi real y cobran vida el ceño fruncido de Judas al besar a Jesús y la curiosidad morbosa del hombre que sostiene el candil en La Captura de Cristo. En ese joven incapaz de contener su impulso de mirar, dicen, pintó su autorretrato Caravaggio.

Poco importa si los dos lienzos del pintor italiano que se guardan en el Patriarca son obras pintadas por el propio artista o réplicas realizadas por su taller. La roña, la traición y la violencia guardan la precisión de las originales.

Y vistas de cerca, las lágrimas de la virgen en el Descendimiento de Van der Weyden hacen que el dolor de la madre al ver a su hijo muerto se escape de la escena codificada -repetida cientos de veces- y le salpique al observador como si fuera la primera vez que la contempla.

Huéspedes en la casa del Patriarca

La sensación de descubrimiento también llega ante el mapamundi del astrónomo flamenco Petrus Plancius que cuelga de las paredes del museo del Patriarca.

En el mundo conocido en 1592, la desaparecida y olvidada ciudad de Moya –hoy apenas unas ruinas en lo que un día fue la frontera entre el reino de Valencia y el de Castilla- merecía un lugar tan destacado como Valencia. Australia en cambio, aún no se intuía.

Pero estas son sólo algunas de las joyas –vistas desde el sesgo de nuestros ojos- que guarda el Colegio del Patriarca.
Quizá la mirada de un escocés valenciano se fije en otros detalles. Lo mejor será que cada uno se convierta por unos minutos en un convidado a la casa del Patriarca y encuentre los suyos.

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