Cómo hablar del clima en Valencia: manual para entenderse en la ciudad con el "mejor tiempo de Europa"

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Último fin de semana de octubre. Es aparecer en el calendario y se reabre el debate de cada año sobre si el cambio al horario de invierno es necesario o es algo anacrónico, sobre si en este país deberíamos de adaptarnos a horarios más “europeos”… y mientras debatimos, la noche llega antes y nos empiezan a entrar ganas de sacar los abrigos del armario.

Pero no. En Valencia, no se puede. Celebramos el 1 de noviembre en manga corta y muchos siguen instalados en la playa en el mes de las castañas asadas y los boniatos. Los telediarios muestran imágenes de la Malvarrosa a rebosar, mientras que, en otras partes del país, andan ya con paraguas y bien tapados.

Está claro que el clima en Valencia es un reclamo turístico de primer orden. Quien viene de visita a esta ciudad, tiene un día de sol casi asegurado al 100% con la compra de su billete. De media, sólo en 51 de los 365 días del año, su cielo está cubierto. Y la temperatura se sitúa de media en los 18 grados.

Pero todo valenciano que se precie tiene en este verano, que aquí se suele alargar de marzo a noviembre, un tema fundamental en sus conversaciones. Para integrarse como uno más en Valencia, la cosa es quejarse del clima. Siempre. Haga la temperatura que haga.

¿Qué el mes de agosto en Córdoba es insoportable? Nada que ver con lo que padecemos aquí. En Córdoba el clima es seco y a la sombra uno está de lujo, con su tinto de verano. Aquí, ya podemos buscar la sombra que la humedad nos persigue sin piedad y ni una horchata bien fresquita consigue apaciguar los sudores de la muerte que nos entran.

Este mismo argumento sirve igual para el frío. Cámbiese agosto por febrero y Córdoba por Burgos. Nada. El frío allí también es seco. Y uno se tapa y está tan a gusto. En Valencia ya puede uno vestirse con mil capas cual cebolla que la humedad se le clava hasta los huesos.

Esa maldita humedad que tenemos por ser Valencia ciudad de río y de mar. Aunque el río ya no cruce la ciudad y el mar lo tengamos a quilómetros del centro. No importa. La humedad lo invade todo.

En Valencia no sólo hace calor y ya está. Hay días de ponentà en los que el aire se hace irrespirable y la ciudad parece un horno. Y las temidas olas de calor, en Valencia se vuelven tsunamis.

En cuanto a la lluvia. Lo mismo. Ya lo decía Raimon con eso de que aquí “la pluja no sap ploure”. La lluvia no sabe llover. O pasamos meses sin una gota, o en un día nos caen litros por metro cuadrado a rebosar y la ciudad se colapsa, “és la catàstrofe”, dice el cantautor de Xàtiva. O nos llueve tierra (plou fang) justo cuando acabamos de lavar el coche, otro clásico.

De la nieve, en Valencia no sabemos. Como mucho, algún frío día de enero, una lluvia fina moja las calles y nos emocionamos llamándola aguanieve, aunque tenga más de lo primero que de lo segundo.

Aunque salga un día radiante y soleado hay que seguir la consigna. Quejarse del clima. En este caso, recordaremos con pesar la cantidad de días que la huerta lleva sin recibir una gota de agua. O lo que ayudaría un buen chaparrón a que la ciudad luciera más limpia.

Eso sí, lo de lamentarse, sólo entre nosotros. Entre los de casa. Si salimos de la terreta o estamos ante algún foráneo, las quejas habrán de transformarse en halagos. Tenemos el mejor clima del mundo, un sol casi permanente, un cielo azul limpio y claro y una luz única. Las fallas son nuestro inicio de verano. Y aquí en noviembre uno puede aún bañarse en el mar. Todo es perfecto.

¿Y la humedad? Bah, no es para tanto.

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