Por qué nos cuesta amar al lugar más visitado de toda Valencia

Ciudad de las Artes y las Ciencias

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Es de visita obligada. Los hay que vienen a Valencia y antes de pasearse por la ciudad que nació de un asentamiento romano en medio del río Turia, la que guarda uno de los mercados más bonitos de Europa y un edificio patrimonio de la humanidad, prefieren ir a ver la otra: La Ciudad de las Artes y las Ciencias.

La Lonja de la Seda es el monumento más visitado de Valencia -en el 2017 llegó a los 562.859 visitantes- pero el Museo de las Ciencias Príncipe Felipe y el Oceanogràfic, espacios emblemáticos de La Ciudad de las Artes y las Ciencias, superan el millón de visitas. Está claro que quienes vienen a descubrir Valencia no quieren perderese esa otra ciudad.
El Hemisferic, el primer edificio de este gran proyecto se inauguró en 1998, pero la idea de construir un complejo de ocio y cultura en el mismo cauce del río ya estaba encima de la mesa desde 1980. El proyecto original constaba de una torre de comunicaciones, un planetario (Hemisferic) y un museo científico. El arquitecto que lo diseñara no podía ser otro que un valenciano que estaba adquiriendo gran renombre internacional: Santiago Calatrava.

En los años sucesivos, la torre de comunicaciones se eliminó del proyecto y se incorporaron dos nuevas construcciones: el Palau de les Arts, un auditorio pensado especialmente para albergar ópera y un oceanográfico que había de ser el más grande de Europa.

Pero aún así, la ciudad parece que quedaba pequeña. En un momento en el que el derroche y los aires de grandeza se habían convertido en marca de la casa, a la Ciudad de las Artes se le añadió un paseo ajardinado bajo una gran arcada (L’Umbracle), una plaza cubierta para acoger eventos (El Ágora), un nuevo puente cruzando el Turia (el de L’Assut d’Or)  y tres rascacielos de más de 200 metros de altura (que afortunadamente quedaron solo en proyecto).

No cabe duda de que Santiago Calatrava dejó su sello en su propia ciudad: el color blanco de sus edificios de dimensiones enormes y el uso del hormigón, el metal o el trencadís en unas originales estructuras que se inspiran en el cuerpo humano, pero también un sobrecoste de 1.000 millones en la construcción del complejo y numerosos problemas constructivos.

El Palau de les Arts sufrió el hundimiento del escenario, inundaciones que obligaron a suspender su actividad y la caída del revestimiento cerámico de la cubierta. Esto unido a la mala sonoridad y a la falta de visibilidad en muchos puntos de la sala principal.  El Ágora, a la que le falta una cubierta móvil que nunca se llegó a completar, también tuvo problemas de goteras y sigue siendo un espacio vacío. El Museo de las Ciencias no cumplía la normativa de protección contra incendios y, una vez concluido, se le tuvieron que añadir dos grandes escaleras y el puente de L’Assut d’Or tiene un cambio de rasante que impide una buena visibilidad y ya ha provocado más de un accidente.

Parece que sólo dos edificios se libran de contrariedades: el Hemisferic, el primer edificio de la Ciudad de las Artes y las Ciencias que diseñó Calatrava, de dimensiones mucho más reducidas que el resto y el complejo del Oceanogràfic, pero en realidad, este último es obra del arquitecto Félix Candela.

Con este historial de deficiencias, sobrecostes y despilfarro, a muchos valencianos nos es difícil apreciar la belleza en la arquitectura minimalista y a la vez gigante de Calatrava, que supedita la función a la forma, al contrario de lo que predicaba Le Corbusier, para quien la arquitectura además de conmover, también tenía que servir.

O quizá es en la fotogenia impecable -la cualidad de salir bien en las fotografías- donde el arquitecto de Benimàmet busca la funcionalidad máxima. Sus líneas futuristas, sus reflejos en las láminas de agua y el contraste entre el blanco de sus edificios y el azul del cielo son el fondo perfecto para selfies de turistas, reportajes de bodas y falleras y anuncios futuristas.
Es posible que tengan razón quienes dicen que Valencia es otra desde que alberga dos ciudades, que esa singularidad es la que cautiva a los turistas, la que la ha “puesto en el mapa”. Otros muchos, en cambio, nos preguntamos si hacía falta inventarse este reclamo; si Valencia, con su luz, su música, su gastronomía, su buen clima y su patrimonio no era capaz por sí misma de resultar atractiva.

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