Las cadenas del puerto de Marsella: el sorprendente botín que Valencia se resiste a devolver a los franceses

Virote que rompió las cadenas del puerto de Marsella en Valencia

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Para admirar la Dama de Elche hace falta ir a Madrid, para contemplar los frisos del Partenón es necesario visitar el Museo Británico en Londres y, salvando las distancias, para ver las cadenas del puerto de Marsella hay que venir a Valencia.

La exposición de esta reliquia en la Capilla del Santo Cáliz de la Catedral de Valencia no nos habla de la secular hermandad entre los pueblos del Mediterráneo, sino de cómo la rivalidad de sus gobernantes los llevó a una larga historia de pillajes, saqueos y botines de guerra.

Los dos fragmentos de estas legendarias cadenas que se conservan en Valencia son el vestigio de una contienda que ilustra -como todas- que la historia no es un relato objetivo.

Para los marselleses, los 226 eslabones de hierro que cuelgan de los sillares de piedra de la Seu son el testimonio de un acto de barbarie y humillación.

Para los valencianos, catalanes y aragoneses, el justo premio a una batalla de la que salieron victoriosos.

La disputa se remonta a 1423. Una flota aragonesa compuesta por 12 galeras y 18 embarcaciones de otros tipos y comandada por Romeu de Corbera arriba a la ciudad provenzal.

Poco antes, las tropas de Alfonso el Magnánimo se habían batido por el control del Reino de Nápoles contra las de Luis III de Anjou, a quien pertenecía Marsella.

El saqueo de Marsella

En este contexto, a su regreso de Italia, la flotilla aragonesa hace un alto en esa ciudad, desprotegida dado que gran parte de sus soldados se encontraba combatiendo por Nápoles.

Los navíos de Romeu de Corbera cortan las cadenas que protegían el puerto y sus soldados atacan y saquean la ciudad durante tres días.

Las cadenas fueron parte de aquel botín, donado por Alfonso el Magnánimo, y depositado en la catedral de Valencia junto con una gran barra de hierro que se dice fue usada para forzarlas.

Más de 570 años después, los rescoldos de aquella hazaña –o fechoría- todavía se mantienen vivos entre algunos marselleses y valencianos, aunque, casi con certeza, la mayoría los ignora.

No hay mejor remedio contra eso que entrar en la catedral y admirar las cadenas. O viajar a Marsella –tan mediterránea y latina como Valencia- y, al contemplar su puerto, notar su ausencia.

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