Cómo el caliqueño se convirtió en el habano (casi) clandestino de Valencia

Caliqueño y habano

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El buen habano tiene forma cilíndrica, líneas rectas y superficie lisa. El caliqueño es bello en su irregularidad. El tabaco del habano es de un color homogéneo y ligeramente brillante. El del caliqueño… depende. El sabor del habano es intenso y equilibrado. El del caliqueño, impredecible.

Son parientes, sí, pero muy lejanos. Hay quien dice que el arte de cultivar tabaco, secarlo y liarlo se lo trajeron de Cuba los soldados valencianos destinados allí en el siglo XIX, cuando la isla caribeña aún era una colonia española.

Casi 200 años después, el caliqueño es una especie autóctona plenamente adaptada a la realidad en la que le ha tocado vivir. Hoy, el “puro valenciano”, es puro valenciano.

En su silueta rugosa se deja ver al mismo tiempo la habilidad del trabajo artesano bien hecho y la negligencia del pensat i fet. No es un cigarro de grandes factorías sino de taller familiar, de pequeña fábrica.

Está hecho para los labios del jugador de truc, del aficionado que grita desde las gradas de Mestalla o el Nou Estadi, de quien reposa después de haberse comido una buena paella. No es puro solemne para reyes ni presidentes del gobierno.

El caliqueño es obra de los agricultores de l’Horta y la Canal de Navarrés, que dedican parte de su tierra al cultivo del tabaco para consumo propio y venden los excedentes.

Quizá por eso, el caliqueño se movió durante años en los límites de la legalidad. No se vendía en estancos, sino en bares, quioscos, o se compraba en fardos al conocido de un conocido que decía saber de alguien que…

Actualmente, legalizada su producción, se pueden conseguir en los estancos y existen fábricas en Torrent, Chella, Bolbaite…

Algunas incluso los exportan a Rusia. Esos caliqueños de marca siguen teniendo su forma característica, pero no faltará quien diga que el sabor no es el mismo que el de los liados en una cochera clandestina.

Y como nuestra intención no es hacer apología del delito ni animar a quien nos lea a convertirse en un aficionado a tener humo en la boca, cedemos esta línea a una advertencia legal: fumar caliqueños también mata.

Dicho esto, tampoco seremos nosotros quienes les animen a ponerse uno en la boca, prenderlo, paladear su sabor agreste y, por unos instantes, sentir el privilegio de pertenecer a la especie casi endémica de los fumadores de caliqueños.

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