Por qué el fuego hizo de El Cabanyal uno de los barrios más originales de Valencia

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El Cabanyal, el barrio marinero de la ciudad de Valencia lleva años luchando por reinventarse y resurgir desde la que los propios vecinos bautizaron como “zona cero”, aquella que se extiende desde la calle Empar Guillem a la calle Pescadors y la calle Sant Pere. Esa es la zona donde más solares vacíos y más degradación dejó la política de un ayuntamiento que pretendía abrir una gran avenida hasta el mar, aunque para ello tuviera que partir por la mitad todo un barrio.

Pero esta no es la primera vez que El Cabanyal ha de reconstruirse. El barrio que conocemos ahora, el de las coloridas casas de azulejos, poco tiene que ver con el que fue hasta el siglo XIX.

Desde que un grupo de pescadores se asentaran en la zona en el siglo XIII y el mismo Jaume I fundara el núcleo de Vilanova del Grau, la construcción propia del Cabanyal fue la barraca. Los recursos de la gente que vivía del mar eran escasos y las barracas eran más económicas y sencillas de edificar. Así fueron creciendo en número, adosadas unas a otras, con sus techos de paja y sus fachadas encaladas para impedir que la humedad penetrara en su interior.

Las conocidas como “cases dels bous”, donde se guardaban los bueyes utilizados para sacar las barcas del agua, también eran en su origen barracas (donde vivían los criados encargados de cuidar a los animales) con un corral adosado para los bueyes.

A principios del siglo XVIII el Cabanyal contaba con cerca de doscientas barracas y su número fue en aumento hasta que se produjo el gran incendio que acabaría con todo el lugar. El 21 de febrero de 1796, por causas que se desconocen, un fuego se originó en el Cabanyal. La fuerza del viento y los techos de paja hicieron que las llamas se propagaran de casa en casa durante seis horas y media. Casi todas las barracas quedaron hechas cenizas.

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 *Grabado anónimo de la época. 

Aunque las autoridades trataron, desde aquel momento, de impulsar la construcción de casas de ladrillo cocido entre los vecinos del Cabanyal, pocos eran los que se lo podían permitir. Así que la barraca siguió presente hasta 1875, cuando otro gran incendio arrasó 250 barracas.

Desde ese momento y coincidiendo con una etapa de renovación urbana y de crecimiento económico, la fisionomía del Cabanyal fue cambiando. Se abrieron nuevas calles, se construyó una nueva Casa dels Bous, el Teatro de la Marina y un balneario para atraer a la burguesía de la ciudad.

Las grandes casas que las clases pudientes se construían junto al mar para pasar el verano se alternaban con las más modestas de los pescadores que empezaron a alicatar de azulejos sus fachadas, como una nueva forma de protegerlas de la humedad. De esta manera evitaban tener que encalarlas cada año y además les daban una decoración peculiar. Esta parte práctica fue dando paso a un movimiento artístico que se extendería por todo El Cabanyal, un movimiento que por la época y el uso de elementos ornamentales cerámicos se vincula con el modernismo pero que se diferencia de éste por estar promovido, no por la burguesía sino por las clases más modestas.

Los azulejos blancos, verdes y azules, los que más abundan en el barrio, recuerdan los colores con que se solían pintar las barcas de los pescadores. Son los que adornaron las fachadas más sencillas. A partir de aquí, según los gustos y el presupuesto de cada propietario, se extendieron por las fachadas del Cabanyal, motivos florales, geométricos, incluso orientales y egipcios y paneles cerámicos con representaciones religiosas, búcaros de flores y escenas marineras.

De esta forma, a principios del siglo XX, el Cabanyal se rehacía a sí mismo desde cero, se dotaba de una nueva identidad sin perder de vista sus orígenes marineros ni su fuerte personalidad. Ahora, un siglo después, lo está intentando de nuevo.

 

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