San Vicente Mártir: el increíble viaje de la reliquia más famosa (y morbosa) de Valencia

San Vicente Mártir

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Para devotos, morbosos o simplemente curiosos, visitar la capilla de la Resurrección de la catedral de Valencia es casi una obligación.

Allí se encuentra el brazo incorrupto de San Vicente Mártir.

A los primeros, antes de rezarle, les gustará saber que el patrón de Valencia –dicen- fue el mártir cristiano más antiguo de Hispania y uno de los santos cuya imagen y culto más se extendió entre los creyentes.

Los morbosos quizá prefieran contar los dedos de la mano del santo y constatar la ausencia del pulgar. O mirar con detenimiento el tono oscuro de la piel, probablemente consecuencia de las torturas a las que se vio sometido el santo, entre ellas la de ser atado a una parrilla y expuesto al fuego.

Y los curiosos querrán que alguien les responda a la pregunta de cómo llegó hasta nuestros días sin corromperse –pese a su aspecto amojamado- el miembro de un hombre muerto hace más de 1700 años.

Reconocemos que la parte de la incorruptibilidad tiene difícil explicación. Cómo llegó el brazo a su ubicación actual en 1970 parece más claro, aunque esta historia también contiene elementos legendarios.

EL MARTIRIO DEL DIÁCONO VICENTE

Era el año 304 y corrían malos tiempos para los cristianos, víctimas de la persecución ordenada por el emperador romano Diocleciano y ejecutada en Hispania por su prefecto Daciano.

Al joven Vicente, natural de Huesca y diácono de Zaragoza, lo trajeron a Valencia preso y aquí fue golpeado, desollado, sus miembros descoyuntados y su carne desgarrada con garfios.

El martirio de San Vicente

Después del martirio, su cadáver fue lanzado a un muladar que quedaba fuera de las murallas. Daciano esperaba así que los animales carroñeros dieran cuenta de él.

Pero, cuenta la tradición, un cuervo se posó sobre el cuerpo y lo protegió de las alimañas. El prefecto, empeñado en hacer desaparecer los restos del santo, ordenó que lo lanzaran al mar atado a una rueda de molino. Días después, según la leyenda, el cadáver apareció en la playa de Cullera. Finalmente le dieron sepultura en el lugar donde actualmente se encuentra la iglesia de San Vicente de la Roqueta.

Ante la invasión árabe, cuentan que la mayor parte de los restos del santo fueron embarcados en Valencia rumbo a Asturias. El barco naufragó y el cuerpo terminó en Lisboa. Por eso la capital portuguesa también tiene a San Vicente como patrón.

Al menos un brazo parece que se quedó en Valencia. Y también este miembro iba a tener un periplo singular.

En 1095, el entonces obispo de Valencia emprendió viaje a Tierra Santa, y se llevó el brazo de San Vicente para que lo protegiera en el viaje. A la altura de Bari, el clérigo enfermó y murió y dejó la reliquia en aquella ciudad.
Siglos después hay constancia de que se veneraba en Venecia. Y ya en el siglo XX pasó a manos de un particular, Pietro Zampieri, quien lo donó al arzobispado de Valencia.

Desde entonces está expuesto al público para deleite de devotos, regodeo de morbosos y acicate de curiosos.

Quizá no sea la experiencia más lúdica que un valenciano o visitante puede vivir en la ciudad, pero su visión no defrauda.

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